Los otomíes cre Los otomíes forman parte del grupo otomangue y de la familia lingüística otomí-pame, la cual se divide a su vez en dos grupos: por un lado los otomíes, mazahuas, matlatzincas y ocuiltecos, por otro, los pames y chichimeco-jonaz. Los otomíes se encuentran entre los más antiguos pobladores sedentarios que permanecieron en la Meseta Central. En el siglo XVI los otomíes eran más importantes que los náhuatl.
Los otomíes se asentaron en diversas regiones del Altiplano Central: alrededores del Nevado de Toluca, el Norte de Toluca, en la Provincia de Xillotepec, Tula, Sierra de las Cruces (Quauhtlalpan), el Norte del Valle de México (Teotlalpan), el Valle del Mezquital, Metztitlan y Acolhuacan.
Los otomíes son de origen muy antiguo y estaban relacionados con los olmecas de Nonoalco y los Penome Chocho-Popolocas del Altiplano. En el siglo VII se les encuentra sedentarios y forman pueblos en el valle de Tula. Para el siglo VIII los otomíes se asentaron en el valle de Tula donde construyeron sus poblados y adquirieren mayor importancia en el Altiplano. La cultura de los otomíes se modificó debido a la influencia de los toltecas con elementos de los cazadores del norte. En ese siglo se dio el apogeo más importante de los otomíes.
Cuando los chichimecas invaden Tula, los otomíes emigraron hacia el oriente a la región de Xillotepec-Chiapan (en la actualidad esta región comprende los municipios de Jilotepec y Chapa de Mota) al noreste del Estado de México, sureste de Hidalgo y una pequeña porción de Querétaro. Esta región se llamó el riñón de los otomíes debido a que fue el centro de su poderío. Con la expansión de Tenochtitlan y Azcapotzalco en el siglo XIV, los otomíes perdieron hegemonía y fueron sometidos hasta el siglo XVI.
La frontera noroccidental del Estado de México estuvo ocupada por pueblos poderosos y grandes, de gente serrana, es decir, Chapa (de Mota), Jilotepec, Jiquipilco, Jocotilán, Cuahuacan, Cila y Mazahuacan. Los otomíes tenían organización política y religiosa, vivían en poblados, tenían su república con mandones y señores que regían a sus súbditos. Con la llegada de los españoles a las zonas otomíes, la religión otomí seguía en pie, a pesar de que algunas prácticas habían desaparecido a causa a las autoridades españolas, por ejemplo, los sacrificios humanos, en que los difuntos regresan a la tierra, es decir, visitan a sus familiares vivos.
Éstos tienen la obligación de colocar una ofrenda a los familiares que han fallecido. La celebración del día de muertos entre los otomíes comienza el 31 de octubre. Este día está dedicado a los niños que no se bautizaron y a los que murieron en un accidente. El día 1º de noviembre se dedica a los niños que murieron y fueron bautizados, y a las personas adultas.
Se tiene la creencia que el día último de octubre y el 1º de noviembre los difuntos llegan al medio día. Por ello, se les prepara un desayuno que consiste en leche, te, café, pan de muerto; por la tarde se les coloca agua, pan, haba despicada y refresco; esto mismo se hace el día primero y a las doce de la tarde se coloca la ofrenda. Una de las características de la ofrenda otomí es su colocación sobre un petate a nivel del piso, en la habitación principal de la casa. El petate representa el símbolo de autoridad y respeto.
Previo a la colocación de la ofrenda, la compra de los elementos se realiza antes del 31 de octubre, en el mercado de la cabecera municipal o en Toluca, donde se adquiere la fruta, platos y jarros de barro, la cera, flor de cempaxúchitl, cazuelas. La ofrenda que se coloca sobre el petate consiste en comida que gustaba al difunto, como hongos, papas con charales, quelites y trébol hervidos, tamales, arroz, mole, fruta –caña, naranja, plátano, jícama, guayaba, ciruela, lima, mandarina– y bebidas –agua, pulque, refresco, vino y cerveza–, además de flores –nube, cempaxúchitl, terciopelo. La cera se coloca sobre pencas de maguey. Un elemento característico es hacer un camino con pétalos de flores del campo, como cempaxúchitl, para que el difunto sepa donde legar. El camino principia en la entrada de la casa y llega hasta la habitación donde está la ofrenda.
El dos de noviembre, por la mañana y al medio día, la familia va a encaminar a los difuntos al panteón, lo cual consiste en llevar una ofrenda con flores. Con la encaminada termina la relación o convivencia entre vivos y muertos. Por la tarde comienza la convivencia entre la familia –hermanos, compadres, papás, hijos vecinos–, que intercambia comida y la fruta de la ofrenda.
Se tiene la creencia de que la persona que no coloca ofrenda puede sufrir algún mal físico o enfermedad; en el caso de los niños, cuando toman fruta sin permiso de los padres llegan a sufrir alguna enfermedad, como inflamación del estomago.
Es importante mencionar que hay algunas modificaciones en cuanto a la colocación de la ofrenda, ya que ésta también se coloca sobre una mesa; las ceras se sustituyen por veladoras y no se colocan en pencas de maguey, los platos y jarros de barro se sustituyen por los de cristal o porcelana.
Vestido
La indumentaria entre los otomíes es variada: las mujeres usan un chincuete (falda) de lana, de color negro, azul marino o café; la falda es acompañada de una faja bordada, blusa de satín con encaje blanco y rebozo. En cuanto al hombre, utiliza ropa mestiza, pantalón de poliéster, mezclilla, camisa de algodón, sombrero. En el municipio de Temoaya, sobre todo en las comunidades asentadas en la montaña, se puede apreciar aún la tradicional indumentaria entre las mujeres, sobre todo en las mujeres de edad avanzada. No es así en las comunidades que se encuentran en la planicie, donde las mujeres y los hombres adquieren otra forma de vestir.
En la comunidad otomí alegremente valles, montañas y milpas encienden por el colorido de las flores, de las que alumbran vida; el ambiente se impregna de las hierbas medicinales como: la manzanilla, el ph'extho, el berro, la jara, etcétera. Cielo y tierra están en comunión con todo los elementos naturales que los rodean; evocando recuerdos, suspiran días y noches. Los niños juegan en charcos de agua donde atepocates saborean las delicias del agua. Pinos y cedros prenden como gotas de sol. Los abuelos suspiran y en sus pensamientos pintan recuerdos, de los cuentos narrados por sus padres en su infancia y juventud como: el diálogo con los animales, las plantas, la tierra, los astros del cielo y el respeto al pueblo; conmovidos se estremecen y de sus ojos ruedan gotas de rocío fresco...
Ya se ha retirado la primavera y el verano, con ellos la fiesta del año nuevo otomí y la bendición de los elotes, dejando el sabor de la dignidad y la resistencia en hombres y mujeres. Pájaros y golondrinas bañados del viento surcan alegres el aire, haciendo recordar toda una vida, una esperanza y un mañana que llegaran cubiertos de luz.
A mediados del otoño los vientos fríos cobijan las flores de muerto que emergen del vientre de la tierra, iluminando pueblos y las veredas que recorrerán nuestros difuntos, en su venida, para compartir con sus familiares y amigos experiencias e historias. Al paso de los días, el espíritu de nuestras ánimas se preparan para cobijar nuestros pueblos. El aire juguetea con las hojas secas de maizales; el ambiente felizmente infunde dulzura a las familias que esperan alegres a sus muertos, y con ansiedad miran como las noches se alejan; el ambiente se impregna del humo del copal. El viento susurra alabanzas al Creador; las aves con sus cantos alegres acompañan las Mariposas Blancas que anuncian la venida de nuestros difuntos; estas mariposas revolotean a mediados del mes de septiembre; ellas son el Espíritu de algunos abuelos y abuelas, que se adelantan para platicar con las últimas flores, milpas y árboles, las agradecen en nombre de toda la comunidad que llegará dentro de mes y medio a disfrutar de sus frutos; este pueblo habita tras de estrellas y luna. De igual modo invitan al ser humano a prepararse para la gran fiesta; los que aún guardan el espiritu de la comunidad y de la palabra sagrada de los abuelos otomíes, sienten, oyen y se preparan para recibir a los visitantes. Nuestros abuelos y abuelas jubilosos lloran de alegría al mirar a sus hermanas mariposas, días y tardes conversan animándose unos y otras. Algunos niños, corren tras de las mariposas, rebosantes de alegría con mucho cuidado juegan, platican y ríen con ellas.
Nuestros difuntos miran con tristeza cómo en la tierra, la "civilización" mata una cultura milenaria; el espíritu de niños y jóvenes; la mayoría de éstos se avergüenza de sus raíces. Una gran parte del pueblo otomí ya no se prepara espiritualmente, no rezan al árbol de ocote, ya no preparan la flor de muerto para guiar a sus difuntos; ante esto, nuestros muertos sufren, lloran de tristeza. Los guerreros Águilas, Lagartija y Lobo, los reconfortan; ya que éstos son preparados por los abuelos para guiar en su camino a todos los difuntos sin importar si son o no del pueblo otomí; sin distinción de nación, raza o color, serán guiados a la tierra.
Los valientes guerreros otomíes se preparan, guiados por los abuelos para encenderse como antorcha e iluminar en el camino a todos los difuntos, de no hacerlo muchos de ellos al arder sus manos para guiarse y bajar a la tierra sufren en su recorrido; niños y niñas intentarán con sus lágrimas a medio camino apagar el fuego que los atormenta, pero aguantarán por que sólo estos días es cuando se les permite venir a la tierra y platicar con sus familiares.
Por eso, para no ver este sufrimiento en los niños, los abuelos preparan a tres guerreros Lagartija, tres guerreros Águila y tres guerreros Lobo para encenderse como antorcha e iluminar al pueblo que año con año baja a visitar en esta tierra a sus parientes. Antes de su preparación los abuelos platican con el Sol, le piden permiso para que los guerreros otomíes se puedan ejercitar durante veintiún días previos al viaje a la tierra, para iluminar el camino de las almas, ya que sus familiares no se acuerdan de ellos. Estos guerreros se ejercitan y antes de subir con el Sol se untan la sangre y las lágrimas de nueve árboles de ocote, después se internan en el vientre del Sol durante veintiún días, en las mañanas permanecen ahí... en las noches como antorcha se encaminan a la comunidad; en un principio sufren pero con el tiempo se fortalecen, conscientemente y con alegría realizan su proeza y valor; su recompensa es mirar sonreír a niños y niñas que visitan a sus familiares y amigos.
Nuestros abuelos y padres sufren al saber del sacrificio de nuestros nueve guerreros.
Al paso de los años, en esta tierra aún existen abuelos y jóvenes que siguen el ejemplo de los guerreros Lagartija, Águila y Lobo, y heroicamente resisten y enseñan a sus familiares la cosmovisión otomí, para que perdure, por ello es que a la llegada del día de muertos, algunos jóvenes contagiados por el júbilo de sus mayores, preparan el sahumerio, velas, ofrenda y la flor de muerto.
Las familias que con alegría esperan a sus difuntos, ponen algo de más para que los que son olvidados aquí en la tierra, no se retiren sin probar de lo poco o mucho que se cosechó o compra para ellos.
Muchas almas regresan llorando de tristeza, porque no pudieron platicar con sus familiares, pero en ellos la esperanza nunca se apaga y año con año regresan a la tierra guiados por lo guerreros otomíes.
En la comunidad otomì alegremente valles, montañas y milpas encienden por el colorido de las flores, de las que alumbran vida; el ambiente se impregna de las hierbas medicinales como: la manzanilla, el ph'extho, el berro, la jara etcétera. Cielo y tierra están en comunión con todo los elementos naturales que los rodean; evocando recuerdos, suspiran días y noches. Los niños juegan en charcos de agua donde atepocates saborean las delicias del agua. Pinos y cedros prenden como gotas de sol. Los abuelos suspiran y en sus pensamientos pintan recuerdos, de los cuentos narrados por sus padres en su infancia y juventud como: el diálogo con los animales, las plantas, la tierra, los astros del cielo y el respeto al pueblo; conmovidos se estremecen y de sus ojos ruedan gotas de rocío fresco...
Ya se ha retirado la primavera y el verano, con ellos la fiesta del año nuevo otomí y la bendición de los elotes, dejando el sabor de la dignidad y la resistencia en hombres y mujeres. Pájaros y golondrinas bañados del viento surcan alegres el aire, haciendo recordar toda una vida, una esperanza y un mañana que llegaran cubiertos de luz.
A mediados del otoño los vientos fríos cobijan las flores de muerto que emergen del vientre de la tierra, iluminando pueblos y las veredas que recorrerán nuestros difuntos, en su venida, para compartir con sus familiares y amigos experiencias e historias. Al paso de los días, el espíritu de nuestras ánimas se preparan para cobijar nuestros pueblos. El aire juguetea con las hojas secas de maizales; el ambiente felizmente infunde dulzura las familias que esperan alegres a sus muertos, y con ansiedad miran como las noches se alejan; el ambiente se impregna del humo del copal. El viento susurra alabanzas al Creador; las aves con sus cantos alegres acompañan las Mariposas Blancas que anuncian la venida de nuestros difuntos; estas mariposas revolotean a mediados del mes de septiembre; ellas son el Espíritu de algunos abuelos y abuelas, que se adelantan para platicar con las últimas flores, milpas y árboles, las agradecen en nombre de toda la comunidad que llegará dentro de mes y medio a disfrutar de sus frutos; este pueblo habita tras de estrellas y luna. De igual modo invitan al ser humano a prepararse para la gran fiesta; los que aún guardan el espiritu de la comunidad y de la palabra sagrada de los abuelos otomíes, sienten, oyen y se preparan para recibir a los visitantes. Nuestros abuelos y abuelas jubilosos lloran de alegría al mirar a sus hermanas mariposas, días y tardes conversan animándose unos y otras. Algunos niños, corren tras de las mariposas, rebosantes de alegría con mucho cuidado juegan, platican y ríen con ellas.
Nuestros difuntos miran con tristeza cómo en la tierra, la "civilización" mata una cultura milenaria; el espíritu de niños y jóvenes; la mayoría de éstos se avergüenza de sus raíces. Una gran parte del pueblo otomí ya no se prepara espiritualmente, no rezan al árbol de ocote, ya no preparan la flor de muerto para guiar a sus difuntos; ante esto, nuestros muertos sufren, lloran de tristeza. Los guerreros Águilas, Lagartija y Lobo, los reconfortan; ya que éstos son preparados por los abuelos para guiar en su camino a todos los difuntos sin importar si son o no del pueblo otomí; sin distinción de nación, raza o color, serán guiados a la tierra.
Los valientes guerreros otomíes se preparan, guiados por los abuelos para encenderse como antorcha e iluminar en el camino a todos los difuntos, de no hacerlo muchos de ellos al arder sus manos para guiarse y bajar a la tierra sufren en su recorrido; niños y niñas intentarán con sus lágrimas a medio camino apagar el fuego que los atormenta, pero aguantarán por que sólo estos días es cuando se les permite venir a la tierra y platicar con sus familiares.
Por eso, para no ver este sufrimiento en los niños, los abuelos preparan a tres guerreros Lagartija, tres guerreros Águila y tres guerreros Lobo para encenderse como antorcha e iluminar al pueblo que año con año baja a visitar en esta tierra sus parientes. Antes de su preparación los abuelos platican con el Sol, le piden permiso para que los guerreros otomíes se puedan ejercitar durante veintiún días previos al viaje a la tierra, para iluminar el camino de las almas, ya que sus familiares no se acuerdan de ellos. Estos guerreros se ejercitan y antes de subir con el Sol se untan la sangre y las lágrimas de nueve árboles de ocote, después se internan en el vientre del Sol durante veintiún días, en las mañanas permanecen ahí... en las noches como antorcha se encaminan a la comunidad; en un principio sufren pero con el tiempo se fortalecen, conscientemente y con alegría realizan su proeza y valor; su recompensa es mirar sonreír a niños y niñas que visitan a sus familiares y amigos.
Nuestros abuelos y padres sufren al saber del sacrificio de nuestros nueve guerreros.
Al paso de los años, en esta tierra aún existen abuelos y jóvenes que siguen el ejemplo de los guerreros Lagartija, Águila y Lobo, y heroicamente resisten y enseñan a sus familiares la cosmovisión otomí, para que perdure, por ello es que a la llegada del día de muertos, algunos jóvenes contagiados por el júbilo de sus mayores, preparan el sahumerio, velas, ofrenda y la flor de muerto.
Las familias que con alegría esperan a sus difuntos, ponen algo de más para que los que son olvidados aquí en la tierra, no se retiren sin probar de lo poco o mucho que se cosechó o compra para ellos.
Muchas almas regresan llorando de tristeza, porque no pudieron platicar con sus familiares, pero en ellos la esperanza nunca se apaga y año con año regresan a la tierra guiados por lo guerreros otomìes.
Te zhi kha, ma kh'ama ro hniny ñhâth'o, zhi ihy ma tchzi a'hnima ro hniny ñhâth'o dhê ro mh'ath'a, huiahy, th'ehe, dhêni hu tando chala xhe; th'e mh'uy mhueny ghoth'o ro ndhahy ga ro kh'angy phaxy, a ro zhymh'oy, chi hoy, mh'y ri rzô conga goth'o te mh'uy ya chi bhatchz'i nth'ini ro dhêhe, angu ro nrzòmpfo tchzi ri rzô, ya zhitz'o mh'uy ri rzô dhê huande hiady, ya chi ndh'eta, chi ndh'eme gach'i xho ñh'ompfeni te iyede ga ro th'a, ro ndh'etha hu, ma khama xi kha bach'i, mh'ehñâ, ñh'ehe; ñhâ hu ghoth'o yh'o, mixthu,,dhêni, ghoth'o te mh'uy ro zhimh'oy, un ri rzô ro khany, huach'e hu nrzôni ra gido hunade zha.
Xhi ma ro nrzôna mpha, ro tchz'onigo ñhâth'o, khapy mantza,nantch'i ro ñhâ ghoth'o ra mh'ehñhâ, ro ñh'ehe, ro tchz'untchz'u rxôgyhu kha go ñh'ompfeni go mh'uy ri rzô, da ch'ehe ma na mpa mo ga nrzê.
Ya ndhahy tchzê pandy ro dhêni a'hnima, puexe ro muy ga ro chi me hoy, da nihki ya hniny, ro ñh'u ga tchzi anima, da ñhahui, da mbenihu, ca tchzi ndhahy nth'ini conga ra tchz'i th'oti, ghoth'o mh'uy ri rzô ra kh'ani th'emi ya tczi a'hnima, un a da ma ra mpha kh'oxhi ro ndhahy ga mh'ipfy ga ro gith'ony; ya tuhu ga ro tchz'untchz'u nu ro rzô ya chi th'axy mh'uexkh'e m,ahmu go th'emi ri rzô ma chi na'hnima da ihmu, ya ndhahy ga ma tchzi ndh'eta, ndh'eme ya ctchzi mh'uexkh'e; mh'etho ihmu pa da ñhâhui conga ra huahy, ro zharzâ, ro dhêny, umbi hu kh'amady nh'ahki hte go tch'ihu, te da tchz'i ya tchzi a'hnima. Ya tchzi ndheth'a, ra ndh'eme nrzôni hu ri rzô a da ñhâhui conga ra cctchzi mh'uezkh'e, nrzôni hu ri rzô. Ya tchzi bhatchz'i nth'ini ri rzô conga ya tchz'i mh'uexkh'e hu.
Pexo ya tchzi a'hnima un a mh'pfu ndhunthi kh'any hina khoti yteda tchz'i ya tchzi a'hnima, ya mbhuehe kha da ndh'u ma ñh^mpfeny, ma mbh'eny, ga ndhunthi kh'ani, bhachi ñh'ehe, mh'eñhâ, ingin ntzo ro ctchzi th'udy, yn gi th'uth'i ca chivy, ma chi a'hnima nrzôni hu. Pexho ya ñh'ehe nth'u Tz'andigha, xhinhy, yh'o zhipfi in da nrzônihu. Xho ma tchzi ndh'eth'a ñhûti a da nrzê pa da i'hy conga ma tchzi a'hnima hu, ga ma hniny hua hina.
Ya nth'u ñh'ehe phepfi hu pa da nrzêhu xheth'e da ñh'uti ro ñhû ga tchzi a'hnima. Ha in da kha hu ya tchzi a'hnima da ch'ati ra hyehu da ihi pexo da nrzônihu , ya tchzi bh'atchzi na da huithi ra yhehu pexho inda khahu xho da ihmu pa da un ra th'a, mh'e, khuada, nkhu hu..
Pa in dha nu nrzôni ya tchzi bh'atchz'i, ya tchzi ndh'eth'a ñh'uti hñu ñh'ehe nth'u, tz'andigha, hñu xhinhy, hñu yh'o, da dhê pa da ñh'uti a da ñhô hu ya tchzi a'hnima goth'o ro kheya. Pexho ya tchzi nh'eth'a ñhâhui conga ro hiady, da nrzê ro muy ya ñh'ehe nthu a ro mph'a khoch'i ro gidhÔ, ro kh'y gh'utho th'udy, yoho rheth'a ma nh'a mpa da ihmu a ro tchzi hoy; xheth'e ro nxhuy da mohmu nrzê a ro hniny hu.mh'eth'o in da mh'upfu ri rzô pexho xheth'e da hñay tchzedyxo da un mh'y ri rzô ya chi bhtchz'i
Nuha ro hoy ya tchzi ndh'eth'a ñhompfeni hu a ch'ath'y hu ya ñh'ehe nth'u.
Th'ogi ro kheya ya tchzi ndh'eth'a, ya bhatchz'i ñhômpfeni te kh'a ya nthu ñh'ehe xheth'e khahu, ñh'yi go th'o ya kh'any in da mh'edi te xhi ñh'utigi ya tchzi ndh'eth'a, go ñh'tivy ya bh'atchz'i.
Ya kh'ani th'emi ro tchzi a'hnima coy hñu pa tchz'i ya tchzi a'hnima khoo th'emi hu.
Nrzôni hu da mohmu ya tchzi a'hnima, pexho da ihmu ma nh'a kheya pa da un , da ñhâhui conga ya tchzi kh'any. Xho ro rzô mh'uy ro mbh'eni in da mh'edi. Xho ya nthu ñh'ehe ñhâth'o da nrhê hu pa da ihmu ghoth'o ya ctchzi a'hnima.
